domingo, 29 de abril de 2012

Reporte de lectura 4


La religión a los ojos de la ciencia   



Introducción

En Greater Sudbury, Ontario, Canadá, el neurocientífico Michael Persinger está empeñado en descubrir cuál es el patrón cerebral que genera el sentimiento de estar junto a Dios, de las sensaciones místicas. De hecho, afirma que excitando ciertas regiones específicas del cerebro con pulsos electromagnéticos se pueden inducir experiencias religiosas. Persinger pertenece a un reducido grupo de científicos, llamados neuroteólogos, que creen que la espiritualidad tiene una base neurológica.

¿Es la religión un fenómeno explicable por mecanismos naturales? ¿Puede la ciencia proporcionar una visión del mundo tan atractiva y poética como la que se ha derivado del sobrenaturalismo?

Desarrollo
Nuevo Ateísmo         
El Nuevo Ateísmo, que pasa de negar simplemente la existencia de Dios a retomar y ampliar la vieja postura de Karl Marx de que la religión es una ideología perniciosa, está ganando adeptos. La línea de argumentación es clara, como la ha dejado patente el neurocientífico Sam Harris, autor del best seller Letters to a Christian Nation: “El núcleo central de la ciencia no es un modelo matemático, es honestidad intelectual”. Y esto es lo que –dicen– le falta a la teología. Porque el manido debate entre ciencia y religión es, en realidad, un enfrentamiento entre ciencia y teología, y su cerrazón a aceptar las evidencias científicas porque contradicen su dogmática.
¿Puede un científico creer en Dios? Sin duda, a la luz de la historia: Copérnico era canónigo y Mendel, el padre de la genética, abad de un convento. ¿Y en la actualidad? Personas como Francis Collins, responsable del National Human Genome Research Institute norteamericano, el físico y sacerdote anglicano John Polkinghorne o el jesuita y astrofísico español Manuel Carreira, dan testimonio de su fe compatible con su quehacer investigador. Para ellos, la evolución –el principal caballo de batalla del cristianismo por sus obvias implicaciones– no es sino el modo escogido por Dios para llevar a cabo su creación: “en vez de crear un mundo ya hecho –comenta Polkinghorne–, el Creador hizo algo más inteligente: un mundo que pudiera hacerse a sí mismo”.    

¿Hay muchos científicos creyentes en la actualidad? En 1996 se publicaba en Nature un artículo donde se ponía de manifiesto que el 61% de los científicos norteamericanos se declaraban ateos o, al menos, agnósticos ante la creencia en un ser superior. Dos años más tarde se repetía este estudio entre los científicos más prominentes, aquellos que han sido aceptados para formar parte de la prestigiosa National academy of Sciences: sólo un 7% cree en Dios, ante un 72% que declara ser ateo. Un resultado que choca al compararlo con el resto de la población de EE UU, donde ocurre justo lo contrario: un 3% afirma no creer en ningún dios personal.      
Lo que define esta innegable brecha entre ciencia y religión es la manera de entender el mundo. La ciencia trabaja sin dogmas, revisando cada idea hasta que es sustituida por otra que explica mejor la naturaleza. Lo que importa es la evidencia empírica y toda explicación sobre el mundo está basada en fuerzas naturales. En la religión, su componente fundamental es sobrenatural y la Verdad se reveló al ser humano en unos textos con miles de años de antigüedad. Joseph E. Murray, ganador del Nobel de Medicina por sus trabajos sobre el trasplante de órganos, explica cómo puede compaginar ambos mundos: “La fe es algo que crees con el corazón”. El citado Carreira es tajante en este punto: “La ciencia no me enseña nada de teología ni la teología nada de ciencia”. A pesar de que hay científicos que conducen sus vidas de manera consistente con la ciencia y la fe, no es extraño que se encuentren en minoría. Quizá por ello, ante la pregunta de un estudiante del City College de Nueva York “¿Se puede ser un buen científico y creer en Dios?” el Premio Nobel de Química Herbert A. Hauptman respondió con un sonoro “¡No!”.            

Conclusión

Muchos piensan que debe haber algo en la circuitería de nuestro cerebro que nos hace propensos a ello y a todas las variantes de religión que existen; hay algunas donde los dioses mueren, en la mayoría el elemento de salvación no es central de la doctrina… Tal vez creer en Dios es, como opina Dawkins, un subproducto de nuestra necesidad de que alguien nos diga cómo actuar para sobrevivir o es, en esencia, una idea necesaria para que el cerebro haga su trabajo. En palabras de Newberg, “la principal razón para que Dios no quiera irse es porque nuestros cerebros no permiten que lo haga”.

Bibliografía
Revista MUY INTERESANTE         
Articulo de Miguel Ángel Sabadell  México a 01/04/2007

Elaboró
Ortiz Hernández Iliana

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